SOLSTICIO DE INVIERNO.

El día más oscuro del año, la noche más profunda, y el Sol se detiene. No es solo un evento astronómico, es un umbral. Hoy tocamos fondo y desde este fondo empieza el ascenso. El ciclo de la luz vuelve.

Para el pueblo mapuche es el We Tripantu. No hay fuegos artificiales ni promesas, hay silencio, observación y gratitud. La tierra descansa, los árboles parecen muertos, pero por dentro se preparan. Y el alma también.

Hoy el Sol entra en Cáncer, signo cardinal de agua, un signo que no grita, sino que contiene; que no ilumina desde afuera, sino desde dentro. Es el día más oscuro del año en el hemisferio sur, el punto donde la noche toca su extremo. Y el Sol parece detener su viaje. Una enseñanza. En la máxima oscuridad, empieza el retorno de la luz. En el momento de mayor quietud, comienza el movimiento más profundo.

Cáncer no es comodidad. Es memoria, gestación, refugio; lo que nos acoge cuando el mundo afuera se congela. Nos pide volver al origen, al útero, al fuego de casa, a la piel que recuerda, a lo que somos cuando nadie nos ve.

Este solsticio no es para acelerar ni para forzar claridad. Es para guardar la semilla del nuevo ciclo. No hace falta entender; basta con sostener el calor donde aún hay vida, como el brote bajo la tierra, como la lágrima que se queda adentro, como el alma que se toma su tiempo.

 

 

En el grado cero de Cáncer

marca su punto más lejano,

como si el Sol necesitara alejarse

para que podamos extrañarlo.

 

Y justo cuando la noche parece interminable,

comienza su regreso.

 

La Luna, en su cuarto creciente,

lo observa en silencio.

La noche se estira,

el frío se mete entre las costillas;

huele a tierra húmeda,

a silencio de invierno.

 

La luz escasea

pero arde un fuego interno,

un recuerdo, una espera.

 

La Luna, en su filo exacto,

mitad luz y mitad sombra,

lo mira desde lo alto con ternura.

 

Es un cielo de amantes distantes.

El Sol se apaga, se retira;

la Luna se enciende, se asoma.

Ambos saben que volverán a encontrarse.

 

Él ya no brilla con fuerza,

guarda sus secretos,

reduce su luz;

se prepara para morir

y volver a nacer.

 

Es el instante en que el cielo entero

nos recuerda que todo amor verdadero

tiene un ritmo;

a veces se aleja  pero siempre vuelve.

 

Hoy, en la noche más larga,

empieza a crecer de nuevo

la promesa del día.

 

 

 

 

                                                                                                                        D.B.